Después de la clase de fotografía me quedé hablando con la profesora. Es una chica de aproximadamente mi edad. Le mostré mi agradecimiento por su paciencia, y me interesé por cómo gestiona la situación que parece repetirse en el aula.
Somos un grupo poco numeroso, y en su mayoría lo componen hombres de edad prejubilación. Es un perfil que llevo observando que integran la mayor parte de estos grupos de actividades culturales populares, en aquéllos donde no son las mujeres las únicas componentes, como ocurre en los grupos de actividades físicas o clubes de lectura. Fotografía, pintura, escritura, restauración de muebles...
La cuestión es que estos señores son boicoteadores profesionales: se dedican la mayor parte del tiempo a hablar cuando intenta hablar ella, a matizar sus explicaciones, a iniciar un debate sobre las actividades que nos encomienda hacer. Y ella, según avanza la clase, observo cómo va agotándose de sobre explicar, de repetir, de pedir silencio.
El último día interrumpí yo cuando estaba secuestrando la explicación uno de ellos con comentarios graciosos y pronuncié: basta ya, esto parece una clase de parvulario.
Se callaron momentáneamente, pero no les disuadió de retomar el comportamiento infantiloide con el que nos venían deleitando las pocas sesiones que, por ahora, habíamos tenido.
Ella me explicó que ya el año anterior, estos mismos señores supusieron un infierno para ella, hasta el punto de querer renunciar a seguir impartiendo las clases, pero que por petición de la organización finalizó el curso. Su sorpresa fue cuando los vio aparecer nuevamente en el curso actual.
"Estos hombres no van a cambiar, son así."
Llevan siendo así 50, 60 años. No consideran que ninguna mujer, y menos joven, tenga nada que enseñarles. Están pasados de rosca, están tan ensimismados en su historia que piensan que esa historia tiene el mismo interés para los demás del que lo tienen para sí mismos. A mí me horripilan, a ella también.
"Deja de explicarles cuando entren en bucle. Trátales como niños. Diles, estupendo, Manolito, y sigue con la clase, pero por encima de todo no te quemes tú. No te lo mereces. Y si necesitas que yo intervenga, lo haré". Ese fue nuestro intercambio , nuestro pacto tácito. Ella me lo agradeció, y yo me compadecí de su cansancio.
No hay esperanza por un cambio entre las generaciones que se han educado sintiendo que ellos están por encima. Estos hombres morirán, y así se conseguirá ir cambiando las cosas, matando la hierba podrida y dejando que nazcan nuevos brotes, mucho más verdes que los anteriores.

