La casa debió ser el lugar seguro.
Atesoré esa ilusión durante meses, y tuve que dejarlo marchar, como se fueron muchas ilusiones que cuidaba y acicalaba, pero que nunca llegarían a materializarse.
Dejé ir nuestros muebles, comprados para que encajara el carrito del bebé en la entrada, sobre la alfombra bonita y junto al almacén de zapatos, con sus cojines encima para sentarte mientras te atabas los cordones.
Dejé ir las cuerdas de escalda, que compramos para gastarlas y romperlas juntos, aquéllas que nos llevarían a descubrir paredes que nos comprometieran y nos enfrentaran con nuestros propios miedos. Íbamos a ayudarnos a superar esos miedos en compañía.
Dejé ir los nombres de nuestros hijos. Habíamos acordado que Acher iba a ser el mayor y Macarena la pequeña, y yo ya lo tenía integrado. Tú considerabas que Macarena iba a ser una "mini Teresa" y Acher cuidaría de ella.
Dejé ir la pesadez que me producían los compromisos familiares y de tu cuadrilla. Estaba bien, esos momentos tenían que tener su espacio y yo lo asumía, con estoicidad y madurez.
Dejé ir tu ilusión porque yo aprendiera a esquiar para ir contigo a la montaña y disfrutara de "el deporte por excelencia". Nunca me verías esquiando, porque yo lo conseguí después de todo, pero fue todo después de ti.
Pero también dejé ir los celos que te producían mis historias pasadas con otros chicos. Y cómo brotaban esos celos en cualquier otro momento, en un festival de música, tomando un vino tras una exposición, en una salida de ruta con un grupo... Tus celos nunca eran el problema, sino que era yo, porque era quien te los avivaba.
Dejé ir una parte de mí, y despedirme de eso fue lo más doloroso. Dejar nuestra casa también era dejar mi casa y dejar atrás esa historia. Aceptar esa pérdida me acompañaría durante años, y formaría una cicatriz que hoy me conecta con la nostalgia y me ayuda a acordarme del sentido último de una ilusión: desear que tu vida sea diferente, mejor, en todos sus aspectos.
Pero la realidad es que esa casa nunca fue mi lugar seguro. Aquello no era más que el campo de batalla, una batalla que se estaba fraguando y en la que todos nos íbamos preparando para iniciarla cuando ondearan las banderas.